Botas Rojas

Pensó en cuando era una niña, en aquel día de lluvia que estrenaba un par de botas rojas. Realmente habían sido heredadas de alguna prima a la que sólo vería un par de Navidades, pero eso entonces no lo sabía, y sentía que con cada paso que daba se cumplía alguno de sus caprichosos pero innocuos deseos, con la misma efectividad con la que sus botas rojas no dejaban calar el agua en sus pequeños pies.
Entonces todo era tan fácil como desear algo, llorar y suplicar por conseguirlo. El problema surgía ahora, cuando esos sueños ya no eran tan inocentes ni infantiles, sino que iban cargados de pros, de contras, de frustraciones del pasado y miedos arrastrados, y el medio por el que podía lograr que se cumplieran ya no era una simple rabieta, sino que cada acto en su propio beneficio era tan egoísta como peligroso, capaz de arañar vidas ajenas como afiladas cuchillas. Ya no podía limitarse a contentar su vida, tenía que intentar mantener un equilibrio entre la suya y la de los demás, sin que prevaleciera una sobre otra.
Pero ella, como impetuosa Cáncer, nunca supo de estabilidad, y menos si se trataba de la emocional. Y hoy sólo iba a pensar en la niña de botas rojas que seguía siendo. Con el impulso con el que años atrás saltaba sobre los charcos, apretó el gatillo.
En menos de un segundo había conseguido el papel principal que tanto ansiaba en aquella trágica obra que era su vida.



